Entrenar en grupo o entrenar para ti: no siempre necesitas lo mismo
Actualizado: 7 oct
Cuando estoy en plena época de clases y tengo que impartir hasta siete sesiones en un mismo día, también entreno en casa. Pero, si soy sincera, muchas veces ese entrenamiento tiene un objetivo muy concreto: estar preparada para aguantar bien todas esas clases.
Me muevo, trabajo fuerza y mantengo mi condición física, pero gran parte de ese esfuerzo está orientado a poder responder bien a la exigencia de tantas sesiones. Y con la alimentación ocurre algo parecido: muchas veces comemos pensando simplemente en responder a nuestro ritmo diario.
Y entonces llega el verano.
Dejo de impartir tantas clases y empiezo a entrenar de otra manera. Ya no me centro únicamente en estar preparada para aguantar la carga de trabajo, sino que selecciono ejercicios pensando en mejorar aquellos puntos que realmente necesito. También puedo prestar más atención a mi alimentación y ajustarla mejor a lo que necesito en ese momento.
La diferencia es impresionante.
Entrenar con regularidad mejora nuestra capacidad física. Pero entrenar específicamente aquello que necesitamos puede producir cambios muy diferentes. Y con la alimentación sucede lo mismo.
Una clase colectiva puede ser excelente, pero no puede ser idéntica para todos
En una clase de grupo tenemos que trabajar pensando en muchas personas a la vez.
Eso permite mejorar fuerza, movilidad, equilibrio, coordinación y resistencia. Y puede ser una herramienta fantástica.
Pero dentro de esa misma clase puede haber una persona con poca fuerza en las piernas, otra que necesita mejorar equilibrio, otra que carga constantemente el cuello y otra que necesita aprender a utilizar mejor la cadera y el tronco.
El ejercicio es el mismo.
La necesidad no la es.
Y fuera de la clase ocurre algo parecido con la alimentación: las necesidades tampoco son iguales para todas las personas.
Por eso es tan importante aprender a conocerse y saber adaptar lo que hacemos.
Una persona con experiencia y buen control corporal puede aprovechar muchísimo una clase colectiva porque sabe qué debe modificar, dónde tiene que colocar la atención o qué ejercicio necesita adaptar.
El problema aparece cuando todavía no sabemos reconocerlo.
Un ejemplo muy sencillo: el cuello y los hombros
Imagina que habitualmente tienes molestias en la parte alta de la espalda.
Cuando haces fuerza, elevas los hombros. Cuando utilizas una goma, vuelves a cargar el cuello. Cuando levantas peso, vuelves a hacer lo mismo.
Puedes estar haciendo una buena tabla de ejercicios, pero si repites constantemente el mismo patrón, lo que hacemos es añadir más carga a nuestro punto débil, lo cual empeora el problema. No lo soluciona ni lo mejora.
Antes de hacer ejercicio o comenzar a alimentarte bien necesitamos descubrir qué estás haciendo.
Tal vez haya que aprender a distribuir mejor el esfuerzo, descargar determinadas zonas y conseguir que otras partes del cuerpo participen más.
Y cuando lo consigues, sientes la diferencia, todo empieza a tener mucho más sentido. Y comienzas a sentirte realmente fuerte.
Una de las frases que más repito es:
Primero la postura, luego el ejercicio.
Porque hacer más repeticiones no sirve de mucho si seguimos repitiendo aquello que queremos cambiar, es decir, seguimos cargando en nuestro punto débil, y cargamos en esa parte que siempre duele.
Cuando el ejercicio y la alimentación empiezan a estar pensados para ti


Carmen e Isabel aún en proceso, quisieron probar precisamente esta forma de entrenar y de alimentarse.
No se trataba simplemente de hacer más ejercicio. Primero había que observar cómo se movían, qué necesitaba cada una y qué aspectos tenían más margen de mejora.
Para que ese proceso llegue realmente a buen puerto hay que escuchar, observar, adaptar, cuidar los pequeños detalles, anticiparse a lo que la persona puede necesitar y facilitarle el camino.
Igual que ocurre con la alimentación, no todo sirve igual para todos ni tiene sentido aplicar exactamente las mismas pautas a personas diferentes.
No se trata solo de mejorar un ejercicio concreto, ni de dar dietas iguales para todo el mundo, sino de ayudar a que la persona comprenda mejor su cuerpo, entienda su salud y vaya incorporando esos cambios a su forma de vida.
Esa manera de cuidar y acompañar a la persona tiene un nombre en la cultura japonesa: Omotenashi.
A partir de ahí, cada una siguió su propio proceso. Con el tiempo han ido notando menos molestias, mayor autonomía, más energía y una percepción mucho más positiva de lo que son capaces de hacer.
La alimentación y el ejercicio también ha ido cambiando con ellas: se progresa cuando es el momento, se modifica lo que ya no aporta y se incorporan nuevos retos cuando el cuerpo está preparado.
Ese es quizá uno de los aspectos más interesantes del entrenamiento y la alimentación individualizada: no existe una tabla definitiva. La persona cambia, sus necesidades cambian y el ejercicio debe evolucionar con ella al igual que su alimentación.
Entonces, ¿entrenamiento colectivo o personalizado?
No creo que haya que elegir uno u otro.
Una buena clase colectiva puede aportar muchísimo.
Pero conocer tus necesidades individuales puede ayudarte a sacar mucho más partido de esa clase y también a trabajar de forma específica aquello que difícilmente puede abordarse dentro de un grupo.
A veces no necesitamos hacer más ejercicios.
Necesitamos saber cuáles nos convienen, cómo realizarlos y qué queremos conseguir con ellos. Y con la alimentación sucede lo mismo.
Y cuando empiezas a entrenar y a alimentarte "a tu manera", la diferencia se nota.
Quiérete💛



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